sábado, 25 de julio de 2020

Vivir sin Bozal

A pesar de que cada vez me creo menos la plandemia, hasta el momento era respetuoso y responsable con el uso de la mascarilla. Me protegía y tenia en cuenta los protocolos de higiene. No he dejado de hacerlo por si las moscas.

En las fases anteriores a la nueva anormalidad no me parecía tan terrible tener que llevar la mascarilla. Una vez pasado el confinamiento a la hora de salir a la calle la tenia siempre a mano, para los momentos en los que no se podía mantener la distancia de seguridad.

Como vivo en la periferia tengo el campo y espacios abiertos muy cerca, por mi calle hay horas a las que pasa muy poca gente. Por lo que no tenia que ponérmela demasiadas veces ni por demasiado tiempo. Normalmente solo cuando iba al centro a hacer algún recado, en espacios cerrados o con mucha afluencia de gente.

Lo tenia aceptado y lo llevaba más o menos bien. Como todavía creía en el potencial de contagio y mortalidad del virus me parecía algo de sentido común llevar mascarilla. Como forma de evitar el contagio propio o a terceros.

Me parecía una forma de prevención suficiente el tener que usarla cuando no se podía respetar la distancia social. Con la nueva anormalidad llegaron cosas surrealistas como pedir cita para ir a la playa y tener que permanecer en una parcela utilizando una aplicación en el móvil. Todo muy China style.

Esta clase de cosas no me afectaban, por que no soy tan de playa y considero que no pasa nada por estar un verano sin visitarla. Para estar parcelado y tener que hacer cola, mejor me doy una vuelta por cerca de casa que hay algunos rincones pintorescos en la naturaleza. El que no se conforma es por que no quiere, se suele decir.

Todo iba bastante bien hasta que aparecieron los rebrotes famosos en los medios de hipnosis colectiva. "Rebrotes" de los que se aprovecharon los responsables de las comunidades autónomas para imponer la mascarilla 24 horas en cualquier lugar o situación.

Incluso cuando se puede mantener la famosa distancia de seguridad, incluso cuando estas solo y no se ve un alma en dos kilómetros a la redonda. En el casco urbano. Ahi comenzo una pesadilla para mi.

Me negaba y me sigo negando a tener la mascarilla puesta, sentado en un banco cuando soy el único que se encuentra en la calle en ese momento o casi. No voy a contagiar a los arboles ni a las farolas. Tampoco me van a contagiar los semáforos o los parkimetros.

Pero me encuentro bajo amenaza de multa de cien euros como me pare la policía y tengan el día tonto. A pesar de no estar haciendo daño ni poniendo a nadie en peligro, ni a mi mismo. Eso me hizo autoconfinarme.

Como trabajo en el campo rodeado de doscientas hectáreas de viñedos salgo todos los días a respirar aire. En ese espacio la distancia de seguridad es muy grande. Además de no estar en un casco urbano a veces la persona más cercana se encuentra a doscientos metros.

Por lo que cuando regresaba a casa no salia a la calle para nada a menos que fuese absolutamente necesario o de urgencia. Me quedaba en casa por que para tener que salir a la calle con el bozal prefería no hacerlo.

La medida de las mascarilla venticuatro horas, siete días a la semana, me minaba la moral. Por absurda, sin sentido común, acientifica, insana e impuesta por medio de coerción y miedo a las multas. Me hizo rebelarme y buscar las formas y los momentos para salir a la calle sin ella.

Lo más terrible para mi fue ver la aceptación ciega a la norma de la mayor parte de la población. Sin utilizar el sentido crítico, sin plantearse por un segundo la necesidad o lo absurdo de llevarla según en que casos. Los peores los que la llevan cuando van solos en el coche, esos son para mear y no echar gota.

Observaba con cierta ansiedad pasar la gente por la calle desde mi ventana todos con el bozal quitando algunos casos muy contados. Por la semana como he dicho, gracias al trabajo podía respirar y el resto del tiempo lo podía pasar en casa sin problema. Pero llegado el fin de semana y queriendo dar un paseo me negaba a salir con bozal.

Utilizo bozal para mencionar a la mascarilla puesta por una absurda imposición causada por el juego sucio de la política de este país. Posiblemente entre otras cosas para tener contentos a los turistas. Mostrarles lo obedientes que somos y lo seguro que es nuestro país. A pesar de la mala prensa que tiene en la gestión de la crisis del Covid.

Todo por el turismo y la presión de los lobbys hosteleros, entre otros. En los que seguro se encuentran los fabricantes de mascarillas de todo tipo los primeros. No cabe mucha duda.

Me puse a revisar la normativa de mi comunidad autónoma para el uso de las mascarillas buscando algún subterfugio o laguna legal. Descubrí que en el campo no era obligatoria, ni para los que hacen deporte, ni los que puedan tener problemas psicológicos o de salud por usarla.

Tenemos el campo bien cerca y solo necesitamos recorrer treinta metros con el bozal para ponernos a seguro de las multas y respirar libres. Pero de todas formas no las tenia todas conmigo.
Si quiero sentarme en uno de los bancos delante de mi casa, tengo que ponérmelo, aunque sea el único en la calle a esas horas. Por no arriesgarme a ser multado. Lo mismo si quiero estar en cualquiera de los parques cercanos a pesar de ser yo el único ser vivo en varios kilómetros. Totalmente absurdo, innecesario y ridiculo.

He pensado dos opciones, una es comprarme ropa deportiva y hacerme pasar por deportista en un momento de descanso.La otra llamar al medico e insistir mucho en que el uso del bozal me crea problemas psicológicos. Realmente comenzaba a tenerlos sobre todo viendo la zombificación y obediencia ciega de la gente. Sin necesidad ni de mentir. Empezaba a perder la esperanza en la humanidad y dudar mucho de su raciocinio.

Llegado el sábado me apetecía dar una vuelta y correr el riesgo. Llevar la mascarilla a mano en caso de ver la policía a lo lejos. Lo que más nos preocupaba era la reacción de la gente en realidad. Decidimos acercarnos a una pequeña loma que se encuentra a no mucha distancia, a la que se puede llegar atravesando el campo para evitar la acera en un momento dado.

Como había poco transito de gente decidimos ir por la acera mostrando nuestros rostros sin tener la sonrisa borrada bajo el bozal. A ver si cundía el ejemplo y alguien más caía en la cuenta de que habiendo distancia suficiente no tiene por que pasar nada.

Para nuestra sorpresa vimos alguna gente más como nosotros con la mascarilla a mano pero la cara descubierta. Nos las pusimos al encontrarnos a cierta distancia antes de cruzarnos. Por fin conseguimos llegar a la loma sin ningún sobresalto y dando ejemplo, con valentía, consideración y respeto. Por que no esta reñido ni es excluyente. Si permitimos y aceptamos cualquier norma absurda de buenas a primeras, van a hacer con nosotros lo que les venga en gana. Ese es el problema real.

No había casi gente en la loma, buscamos un lugar tranquilo y con vistas para ver llegar a la policia de lejos y ponernos el bozal a tiempo. Debajo de nosotros una calle muerta donde mucha gente aparca con el coche. Nos dimos cuenta de gente que lo utilizaba como refugio para poder estar sin el bozal.

Algunos se bajaron del coche a un campo de trigo recién segado que hay a unos metros. A vivir en libertad y con la cara descubierta. Muchos con los niños para que las criaturas pudiesen respirar sin el bozal. Cerca también hay una ruta para pasear e ir en bicicleta. Vimos que alguna gente paseaba sin mascarilla. Luego llego una pareja  también con la cara descubierta.

Llega otro coche se baja una familia con su perro con las mascarillas. Ya eramos cuatro encima de la loma sentados en la hierba sin el bozal. Se les veía algo cohibidos. No sabíamos bien como iban a reaccionar ante los que no teníamos la cara tapada. Que alegría cuando veo que se la quitan y se sientan en la hierba, el padre jugando con los niños, el perro....

De repente fue como que nuestro acto de sana rebeldía creo una nueva realidad en la que a alguna gente se le da por pensar de vez en cuando. Nos animo mucho ver que no eramos los únicos locos y que había más rebeldes como nosotros que nos negamos a llevar el bozal sin necesidad. Por pura imposición. Sin ninguna lógica de ningún tipo que no sean juegos de intereses políticos, ingeniería social y control de la población por el miedo.

Una mezcla de terrorismo mediatico y estatal a nivel global del que estamos siendo victimas. Pero ahora tenemos claro que no hay que esperar por nadie para reclamar tu libertad, gestionar tu salud y tu cordura. Que no estamos solos y la masa critica va en aumento. Ahora está muy reciente con el bombardeo diario sobre rebrotes, botellones y otras historias para no dormir. Pero tenemos esperanza de que la gente con el tiempo se va a ir relajando y que tenemos que dar ejemplo a otros, para liberarse de su miedo.

Ahora nos sentimos maś fuertes y acompañados para combatir la gran mentira de la plandemia. Como todos los castillos en el aire se mantiene en un equilibrio muy delicado y a poco que sople el viento se va a deshacer como si fuera de naipes.

Salud y libertad!!!


El Cuento de la Peste

Un labrador de regreso a su casa se encuentra a una mujer en el camino. El labriego le pregunta quien es. Ella le responde que es la peste.

La lleva a su casa, le da alojamiento y alimento. Mientras comen el labrador le pregunta a donde va la mujer. Ella le responde que al pueblo siguiente a matar a diez mil personas.

El labriego le pide a la peste que por haberle dado alojamiento y comida perdone a los habitantes de ese pueblo. Ella acepta matar solo a cinco mil.

Al día siguiente tal como habia prometido la peste en el pueblo siguiente murieron los cinco mil habitantes ni uno más. Pero en el pueblo de al lado murieron cien mil.

El campesino se vuelve a encontrar de nuevo con la peste y se queja por que no cumplio su promesa y al final mato a ciento cinco mil personas.

La peste le responde: yo solo he matado a cinco mil como habia prometido, los otros cien mil se murieron de miedo.